¿Qué es un niño desobediente?


Fecha de Publicación: 2013-09-18

Fuente/Autor: Realizado por el Dr. Fernando Robles Cuñas - Psicólogo Clínico

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Los niños habitualmente intentan saltarse los límites que les ponemos y lo lógico es que tengamos que ir enfrentándonos a muchas discusiones hasta que aprendan a comportarse de la manera que nosotros esperamos, es normal que los niños quieran probar hasta dónde pueden llegar y cuál será nuestra reacción si sobrepasan el límite marcado.

Es en ese momento cuando hay que mostrarse firmes, pues si cedemos, costará mucho más retomar el respeto de las normas, pero, antes de hablar de los distintos trucos disponibles, hay que tratar de distinguir entre niños desobedientes y niños con algún tipo de trastorno.

Sospecharemos que no se trata de un simple caso de desobediencia cuando el niño:

Parece que está sordo cuando se le habla, hay que repetirle todo veinte veces hasta que lo hace.

Deja la mayoría de cosas sin terminar, no se entretiene con nada.

Es muy despistado, se olvida que debería hacer, no sabe organizar sus tareas ni su tiempo.

Necesita atención y supervisión continuas, su desobediencia o rabietas son anormalmente intensas o continuadas.

No se está quieto ni un solo minuto, desafía a los mayores, no se atiene a ninguna norma, es anormalmente agresivo.

En el caso de los niños con algún trastorno, como el Trastorno por Déficit de Atención, los trastornos de conducta o de la personalidad, es éste el que causa la desobediencia, en este caso, debemos buscar ayuda.

Las técnicas que trataremos hoy también sirven para estos casos, pero son sólo un apoyo a otro tipo de tratamientos que necesitará el niño.

Conductas que queremos modificar:

Luis, 4 años, se tira al suelo y se pone a llorar cuando le digo que no a algo.

María, 10 años, cuando tiene que hacer los deberes, tengo que repetírselo por lo menos 10 veces hasta que se pone a hacerlos.

Iván, 8 años, cuando vienen sus primos a casa, siempre “monta el número” a la hora de merendar.

¿Qué haremos con el niño desobediente?

Los niños pequeños necesitan recibir recompensas y castigos por todos sus comportamientos, es decir, menos discursos y más consecuencias, de nada sirve razonar con los niños más pequeños por qué les negamos algo o por qué les mandamos que hagan algo.

Siempre tener en cuenta que los niños aprenden a hacer, sentir y pensar aquello que ven y oyen más que lo que se les ordena que hagan, si obligamos al niño a respetar ciertas normas, nosotros debemos dar ejemplo, somos los modelos de identificación en los que el niño se va a fijar, no podemos castigarle por gritar o ser violento si nosotros mismos perdemos el control continuamente y damos puñetazos en la mesa cuando nos enfadamos. O decirle que no debe mentir y luego decirle “esto no se lo decimos a tu padre”.

Toda conducta se mantiene o desaparece según las consecuencias que se obtengan de ella, si ignoramos al niño cuando hace algo, estaremos favoreciendo que el niño deje de comportarse de esa manera, por el contrario, si le reforzamos por medio de nuestra atención, alabanzas, palabras de ánimo o caricias, pero también riñéndole, castigándole, desesperándonos con su actitud, conseguiremos que el niño realice con más frecuencia dicha conducta.

“Es fantástico que te hagan caso, si no te hacen caso es que no te quieren, si no consigo atención por buenas conductas, la obtendré por conductas malas. Es mejor que me castiguen y sentir que se ocupan de mí, que pasar desapercibido”.

¿Qué es lo que hace el niño?

Intentaremos describir la conducta de una forma concreta, esto es algo que solemos hacer de manera incorrecta, pues nos limitamos a etiquetar al niño, por ejemplo, solemos decir “eres un maleducado”, “no seas malo” o “eres un egoísta”.

Cuando etiquetamos al niño…

Utilizamos afirmaciones que son vagas y generales y, por lo tanto, no le estamos diciendo al niño de una forma clara qué es lo que esperamos de él o qué es lo que está haciendo mal.

Provocan la “Profecía auto cumplida”: el niño acabará comportándose siempre de la manera en que le decimos que se comporta a veces, si, por ejemplo, a un niño le estamos diciendo siempre que es un desordenado, acabará por asumirlo, no se molestará en ordenar su cuarto de vez en cuando, porque en algún momento acabará oyendo “eres un desastre, siempre tengo que andar recogiendo detrás de ti”.

Las etiquetas nos hacen ver al niño como incorregible, y, lo que es más importante, se lo hacemos ver a él, realmente, la conducta del niño cambia con el paso del tiempo y de una situación a otra, seguramente no será desordenado siempre, no siempre contestará de malas maneras.

Invitan a la pasividad “es así, ¿qué le vamos a hacer?”.

Debemos aprender a definir claramente qué es lo que hace el niño y decírselo de esta forma a él:

En lugar de….

“Eres un caprichoso”, diremos “cuando no te dejo comer chucherías antes de las comidas te tiras al suelo y lloras, y eso no nos gusta”.

“Te pones muy agresivo”, diremos “empujas y pegas a su hermana cuando ella no te deja sus juguetes, y eso no está bien”.

“Eres un desobediente”, diremos “no te quieres poner el pijama y lavarte los dientes cuando estás jugando, y todos los días tenemos riñas por eso”.

¿Cuándo pasa, dónde estaba el niño, con quién…?

Observando a los niños, nos damos cuenta de que algunas conductas, como las rabietas, la desobediencia o los problemas con las comidas sólo se producen:

En presencia de determinadas personas: El padre, la madre, los hermanos, los abuelos o los profesores.

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