El mundo católico recuerda hoy la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén


Fecha de Publicación: 2017-04-09

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La entrada triunfal de Jesús a Jerusalén es uno de los momentos más importantes en la vida de Jesús y hoy el mundo católico lo recuerda con el Domingo de Ramos.

Cuando llegó a Jerusalén, Jesús sabía perfectamente que venía a esta ciudad a cumplir con aquello que sobre él estaba profetizado; él mismo lo había mencionado anteriormente:

Tomando Jesús a los doce les dijo: "He aquí subimos a Jerusalén y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y afrentado y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día, resucitará". Lc 18:31-33

"He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará". Mr 10:33-34

Jesús sabía lo que le esperaba en Jerusalén. Sabía que sería maltratado, humillado, escarnecido y sin embargo no dudaba ni por un momento; por el contrario, mostraba una gran integridad y autoridad: "Id, desatad, traed, decid" Mt 21:2-3

Algo que pocas veces había hecho: se llama a sí mismo "Señor". Mt 21:3

¿Cómo se le recibió a su entrada en Jerusalén?

La multitud, el pueblo lo recibió efusivamente. Le llamaron Rey.

"¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas!" Lc 19:38

"¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!" Jn 12:13

¿Por qué lo llamaban Rey?

Recordemos que en tiempo de Jesús, el pueblo judío se encontraba sometido por el imperio Romano.

Los romanos eran un pueblo conquistador y en ese momento el pueblo más poderoso sobre la tierra. El más célebre de los líderes romanos, Julio César, había vivido su más gloriosa época apenas unas décadas atrás.

Julio César, un hombre que había logrado consolidar el dominio de Roma sobre todo lo que hoy forman Francia, Bélgica, Gran Bretaña y parte de Holanda, así como territorios en Asia menor, Egipto, el norte de África y España, sin duda había hecho entradas triunfales en muchas ciudades y yo quisiera aprovechar este hecho para hacer una comparación entre aquello que los romanos consideraban la entrada triunfal de un Rey en una ciudad y la singular entrada que estaba haciendo Jesús en este momento en Jerusalén.

Una de las cosas que más sorprende cuando recordamos este pasaje, son las medidas que Jesús tomó para atraer sobre sí las miradas de las multitudes en su entrada a Jerusalén. Esto no quiere decir que el Señor no hubiera estado rodeado anteriormente en muchas ocasiones de multitudes que le buscaban y seguían, pero a lo largo de todo el Evangelio,

Marcos nos ha mostrado una y otra vez cómo Jesús intentaba evitar la publicidad: aconsejaba a muchos de los sanados que guardasen silencio sobre la sanidad recibida, se retiraba con sus discípulos para orar y tener instrucción privada con ellos, incluso, cuando quisieron hacerle rey, él se fue apresuradamente. Pero ahora todo esto es diferente, ¿por qué?

La explicación más lógica sería que si una manifestación como la que ahora recordamos hubiera tenido lugar antes, habría adelantado también el momento de la Cruz. Y sin duda esto no era conveniente, porque no habría habido tiempo suficiente para formar a los apóstoles que después serían los encargados de anunciar el reino de Dios al mundo, y por otro lado, Dios en su misericordia deseaba prolongar las oportunidades para el arrepentimiento de su pueblo antes de traer el juicio sobre él, aunque finalmente, ante su persistente rechazo, el juicio tuvo que venir.

Pero si bien no habría sido conveniente presentarse antes de esta forma pública, por otro lado, era imprescindible hacerlo, puesto que Jesús era el Mesías prometido, y como tal, debía manifestarse a las multitudes que lo esperaban, y el lugar indicado tendría que ser necesariamente en Jerusalén, la capital del reino. Tal como el ciego Bartimeo había reconocido, Jesús era el legítimo "Hijo de David", aquel a quien Dios había prometido su trono y quien sería el heredero de todas las promesas hechas a David.

Sin embargo, aunque este pasaje nos presenta a Jesús como el Rey esperado, sabemos que finalmente acabó muriendo en una cruz de forma vergonzosa. ¿Por qué? ¿Cómo se relaciona la Cruz con el Trono, los sufrimientos del crucificado con su gloria como Rey?

• Algunos han pensado que la Cruz fue un obstáculo imprevisto en su carrera hacia el trono, al punto de que acabó con todas sus aspiraciones mesiánicas. Para los que piensan así, la resurrección fue una invención de sus discípulos que no se conformaban con un final tan trágico.

• Otros creen que la cruz es un entreacto divinamente previsto que permitiría a sus siervos viajar por el mundo preparando a las naciones para el reino venidero.

• Pero en las palabras de Jesús, la Cruz no era ni un obstáculo, ni un intervalo útil, sino que era el fundamento sobre el que se iba a establecer su Reino.

Para cualquier lector atento de los Evangelios, no pasará inadvertido el hecho de que Jesús preparó dos entradas diferentes en Jerusalén entre las que encontramos interesantes paralelismos y contrastes. La primera es la entrada triunfal en Jerusalén que ahora estamos recordando y la segunda tuvo lugar una semana después, justo antes de ser arrestado (Mr 14:12-25).

"Entró Jesús en Jerusalén y en el templo"

Cuando Jesús llegó a Jerusalén, su viaje no concluyó en el palacio, sino en el templo. ¿Por qué razón?

• Primeramente, porque esa era su casa, y el lugar de su trono. Así había sido siempre en la historia de Israel desde los días en que habían salido de Egipto y Dios mismo moraba entre ellos en el Tabernáculo y luego en el Templo.

• Pero al mismo tiempo, se trataba de una visita oficial al mismo corazón de la nación con la finalidad de llevar a cabo una inspección de su estado espiritual.

• Y también sirvió para cumplir parcialmente la profecía de Malaquías: "Y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis" (Mal 3:1).


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