MACHALA, LUNES 18 DE FEBRERO DEL 2019

Antipatías

Contento 26
Me divierte 19
Me Encanta 10
Me Sorprende 22
Me Molesta 6
Me entristece 10

Redacción

    @diariopinion

   lunes 11 de Febrero del 2019     |        1173

 

 

 

 

Desde que se le da tanta importancia al pathos, es decir, a la reacción emocional ante la realidad, a tal punto que parecería ser ese el primer movimiento de nuestra psiquis ante lo otro, debemos ser conscientes de que vamos por la vida empujados por hilos afectivos antes que de ideas. Eso no quita que hagamos un hábito del tránsito de lo epidérmico a lo racional: ¿por qué sentimos lo que sentimos?, ¿qué juicio implícito va de por medio?

Y allí vamos, experimentando esas incómodas antipatías que a ratos nos hacen sentir que nosotros somos los equivocados, los exigentes, los desubicados, porque los demás parecen sentirse cómodos, a lo más indiferentes, frente al punto rojo que se enciende frecuentemente ante la mirada crítica o la sensación perturbadora.

 

Basta mirar un día ordinario para lidiar con el radar del que hablo: los pasos domésticos –demasiado iguales para ser invitaciones incitantes– pueden generar los primeros brotes de rechazo, el propio cuerpo y las inveteradas costumbres que se han instalado para repetir un esquema de vida, pero también para producir tranquilida  allí está el periódico, por acá las cosas del desayuno; los pitidos del celular parecen decir “buenos días” y sus machaconas “bendiciones” echadas al aire ingresan a la mente según el estado de ánimo. Si tenemos la mala suerte de que nos llamen para ofrecernos que nos cambiemos de servidor de telefonía o una nueva tarjeta de crédito, quedamos al borde del “mal genio”.

 

El escenario exterior abre las posibilidades de los motivos de antipatía. Por ejemplo, ¿por qué la ciudad está repartida entre “cuidadores” del espacio público? ¿Por qué han proliferado como hongos y el ciudadano que conduce un vehículo está abandonado a la tiranía de esos sujetos que nos maltratan como si fuesen dueños de las calles? Si no es un vehículo con los parlantes a todo volumen obligándonos a escuchar música bullanguera –jamás alguna pieza de otra alcurnia musical–, es el conductor de motocicletas que zigzaguea entre los carros o la zona de la ciudad considerada “roja” y que hay que evitar durante la conducción.

 

En Guayaquil sentimos renuencia a esperar, sin embargo muchas actividades nos obligan a ello. Las ventanillas habilitadas de los bancos siempre son escasas, los médicos atienden por turnos pero habitualmente se atrasan, muchos trámites tienen poco sentido y los conmutadores telefónicos –aparatos al fin y al cabo– no consideran que hay personas solicitando respuestas. Los celulares llegaron para facilitar la vida –esa parecería ser la lógica finalidad que las tecnologías han instalado en la cotidianeidad– pero han creado tal cantidad de malas costumbres que los comportamientos sociales, que se consideraban “educados”, se han volatilizado. Hemos abandonado el pudor con que vivíamos para entregarnos a un desenfrenado exhibicionismo que grita conversaciones públicas imponiéndolas a los demás simultáneamente a que nos aísla del contorno. La paradoja está lanzada: no tiene marcha atrás.

 

Mirarle los ojos a nuestro dialogante, escuchar voces suaves, intercambios agradables en medio del trajinar diario, hacer de la palabra una vía de ida y vuelta –no un arma, no un medio de soflamas–, alimentar las endorfinas necesarias para que la vida no resulte tan dura y tan cruel puede ser un objetivo de cada día. (O)

 


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