MACHALA, MARTES 11 DE DICIEMBRE DEL 2018

De vuelta a los debates de los 60

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Redacción

    @diariopinion

   jueves 6 de Diciembre del 2018     |        1139

 

Al igual que ahora, en 1964 los europeos también se quejaban de los efectos inflacionarios de la política monetaria estadounidense. De Gaulle quería volver al patrón oro y en aquella época la diplomacia monetaria internacional buscaba un sustituto al dólar para las reservas. Se crearon los DEG (derechos especiales de giro del FMI), pero el intento fracasó completamente. Los DEG nunca llegaron a ser una opción sustitutiva del dólar. 

 

Las quejas por los efectos inflacionarios de la política monetaria no cesan de aumentar, pese a que apenas hay asomo de inflación en los Estados Unidos. Las economías que están reduciendo su retraso con un crecimiento rápido están esforzándose denodadamente para no verse arrastradas por un torrente de entradas de capitales. Prominentes gobernantes que buscan urgentemente soluciones substitutivas del averiado sistema monetario de los Estados Unidos, han llegado hasta el extremo de hablar del regreso al patrón oro.

No estoy hablando de 2011, sino de 1964. No es la primera vez que nos encontramos en esta situación.

En 1964, eran las economías de Europa, que crecían rápidamente y seguían achicando su distancia respecto de los EE.UU., las que gritaban contra la Reserva Federal. Como consecuencia de una política estadounidense imprudentemente expansionista, se veían inundadas con financiación importada, sostenían. Los EE.UU. estaban “exportando inflación”.

Los funcionarios norteamericanos replicaron que las entradas financieras reflejaban el subdesarrollo de Europa en materia de mercados de capitales. El problema de la inflación en Europa era una consecuencia de la renuencia de sus bancos centrales a aplicar una política mucho más restrictiva y de la vacilación de los países europeos a la hora de dejar que se apreciaran sus divisas, que reflejaba su ya antiguo compromiso con un crecimiento orientado a la exportación.
Plus ça change, como dirían los franceses.

Lo que los franceses en la época del general Charles de Gaulle decían, en realidad, era que se debía abandonar el dinero de circulación forzosa a favor del patrón oro. En ese caso los EE.UU. estarían sujetos a la disciplina de una política más restrictiva. Pero los franceses nunca explicaron exactamente cómo se podría restablecer el patrón oro o cómo se plasmaría en estabilidad económica y de precios, en vista de la inestabilidad de los mercados del oro y las desastrosas consecuencias del patrón oro –y, en particular, en Francia– en la década de 1930.

Dicho de otro modo, el debate era tan confuso y complicado como hoy. Su único efecto positivo fue el de lanzar una iniciativa para reformar el sistema monetario internacional. Así, pues, ahora que el gobierno francés –¡ellos otra vez!– se ha comprometido a hacer de la reforma monetaria internacional el núcleo de su Presidencia del G-20 en 2011, conviene recordar el cuento ejemplar de la década de 1960.
En aquella época, la diplomacia monetaria internacional estaba centrada en la creación de una nueva forma de reservas internacionales, lo que llegaron a ser los derechos especiales de giro (DEG) del Fondo Monetario Internacional. La idea consistía en que, al emitir DEG, el FMI brindaría un medio substitutivo de acumular dólares a las economías que estaban reduciendo su retraso e intentaban acumular reservas.

Los EE.UU. ya no podrían acumular déficits de la balanza de pagos “sin sufrir”. Se podría frenar la política estadounidense sin privar de liquidez a la economía mundial. 

El intento fracasó completamente. Los derechos especiales de giro nunca llegaron a ser una atractiva opción substitutiva del dólar, pues sólo eran un modesto complemento de los dólares y otras unidades nacionales de uso internacional. Como no tenían confianza en el FMI para que asumiera las funciones de un banco central mundial, sus miembros establecieron obstáculos muy fuertes a la creación de DEG.

Tampoco se desarrollaron mercados privados con instrumentos denominados en DEG, lo que, a su vez, limitó su atractivo para los bancos centrales.

El otro centro de las negociaciones en el decenio de 1960 fue el intento de aumentar la flexibilidad de los tipos de cambio. Las propuestas al respecto –como reacción a la aparición de superávits crónicos en Alemania e Italia y déficits crónicos en los Estados Unidos– fueron concentrando la atención, una vez que las negociaciones sobre los derechos especiales de giro se diluyeron en 1968.

Pero, como otros países habían disfrutado de dos décadas de crecimiento impulsado por la exportación al haber vinculado sus divisas con el dólar, no había consenso para cambiar algo que iba bien. Aunque el FMI, en un importante  informe sobre los tipos de cambio de mediados de la década de 1970, hizo suyo el principio de una mayor flexibilidad, no ofreció ideas nuevas para lograr que los países avanzaran en esa dirección ni propuso nuevas sanciones contra los que se resistieran. Los desequilibrios internacionales siguieron aumentando hasta que el sistema se desplomó estrepitosamente en 1971-1973.

Las recientes alusiones del gobierno francés sobre su programa de reforma para 2011 indican que, al contrario de las elucubraciones anteriores, el núcleo de sus iniciativas no será atribuir un papel más importante a los derechos especiales de giro. Por el contrario,  el gobierno de Nicolás Sarkozy procurará crear mecanismos para gestionar la transición a un sistema monetario internacional en el que el dólar, el euro y el renminbi desempeñen papeles mundiales relevantes.

Se trata de un paso adelante, que refleja las enseñanzas reales ofrecidas por la historia, pero los franceses no han indicado que vayan a pedir la aplicación de sanciones a los países con superávits crónicos que no ajusten sus divisas. La inexistencia de esas sanciones fue la deficiencia decisiva del sistema original de Bretton Woods y sigue siéndolo del nuestro... no por casualidad denominado Bretton Woods 2.

Sin sanciones para vigilar los desequilibrios mundiales, ese paso adelante de Francia nos situará a medio camino sobre un abismo enorme. En el aire, sin suelo firme abajo ni impulso suficiente para llegar hasta el otro lado, no es donde debe estar la economía mundial.

 


  Fuente :  

Geraldo Mendoza Matovelle


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