MACHALA, LUNES 17 DE JUNIO DEL 2019

Sordera y sintonía

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Redacción

    @diariopinion

   domingo 27 de Mayo del 2018     |        3089

Mortificado por la necedad y el dogmatismo sordo de ciertos ideólogos-políticos, reticentes a reconocer sus equivocaciones, renuentes a admitir que la humanidad evoluciona y produce dimensiones antes insospechadas; preocupado por la amenaza para la libertad que representa esa negación de una realidad concreta; y, tomando el procedimiento más cercano a la verdad, a la razón y a la confianza, busco en la ciencia y los científicos, argumentos que exponer en favor de la modestia y la honestidad, de cualidades que nos permitan la transparencia para aceptar descubrimientos y hechos con cargas y datos de una contundencia capaz hasta de provocarnos disgusto. La ciencia y lo que resta de filosofía no se enriquecen para darnos satisfacciones personales, andan tras las huellas de nuestros orígenes y su destino, estableciendo un orden nuevo de oportunidades para el porvenir. Mucho más duro será para los creyentes religiosos; oír teorías de neurofilosofía o una novísima sociobiología, les resultará inaudito, increíble, sacrílego; si a los propios físicos les resultan asombrosos los descubrimientos que hacen; como para que Feynman llegase a decir que “la teoría de la electrónica cuántica describe a la naturaleza de manera absurda desde el punto de vista del sentido común”. Y así la ciencia va enriqueciéndose -desechando datos obsoletos, asumiendo la renovación de sus enunciados-, para fortuna de la humanidad.

Ya a mediados del siglo XIX Darwin convulsionó al mundo con su teoría de la evolución, fenómeno que pone pruebas, evidencias -aunque no han faltado resonantes fraudes como el de Piltdown-, y nos ofrece la osamenta de una “Eva ancestral” (restos ilustres de una homínida llamada Lucy). La ciencia actual se halla dedicada a describir el origen de la vida y su proceso evolutivo, aplicando los vertiginosos avances de la genética y la biología cuántica, de lo que ha encontrado indicios en las “surgencias submarinas” (vertederos o fumarolas hidrotermales en el fondo del mar). Y estaría yendo mucho más allá si empieza a intervenir en el diseño y “fabricación” de humanoides, mediante una elección genética. ¿Nada debería sorprendernos? La mayor de las creencias –Dios- está desmoronándose en mucha gente; por lo menos ya no sigue fielmente los mandatos y designios católicos; en tanto prestigiosos científicos e intelectuales han señalado el comienzo del fin de la fe. ¿Llegará algún día la ciencia a probar o negar la existencia de Dios?

Por el momento ya no hay dudas acerca del origen del tiempo y del universo, unos 13.700 millones de años atrás; así como sería difícil negar la evolución humana, iniciada hace unos 3,5 millones de años. No obstante, leyes universales, inapelables, inmutables, dirigieron y siguen conduciendo el destino del universo y la vida en la Tierra. Hay “valores” que no pueden variar, bajo sentencia de liquidar la materia y la vida; en cuestión de modas, tendencias, ideologías, escuelas, teorías, su variedad está registrada en la historia y actualmente –“gracias a la informática”- se ofrece con abundancia y ritmo acelerado, al punto de hacerse alienante. Con frecuencia se apela a una libertad absoluta para hacer lo que se quiera y reclamar derechos antojadizos; pero esa libertad no existe; el “libre albedrío” sigue atando el pensamiento y sus acciones a las normas y aprendizajes heredados tras milenios de sabiduría humana. ¿Tendremos el derecho a una confusión sin una obligación de esclarecerla?

En su tiempo, Einstein rebatió las conclusiones de Lemaître (precursor del Big Bang), sobre el origen y comportamiento del universo; pero no tardó en reconocer su error (una mal calculada constante cosmológica). El gran filósofo Hilary Putnam -judío practicante fallecido en 2016- se negaba a reconocer la causalidad material (física y química) como única y última esencia del hombre; aunque nunca se opuso al avance de la ciencia (asumiendo una posición abierta y honesta que brillaba por su elasticidad), alentándola más bien en su búsqueda primordial. Personalmente –en mi elemental modestia–quisiera creer que la mente es algo más, algo que puede progresar con autonomía de sus fundamentos físicos; que tenemos un espíritu –no alma- formado con la energía de nuestra química personal. En cualquier caso, debemos prepararnos a recibir unas verdades que pueden saber a sentencias o desilusiones.

¿Llegaremos algún día a reducir las emociones, los sentimientos, la ética y la inteligencia, como reacciones químicas de una naturaleza prescrita, acaso de un destino señalado para nuestra mente? ¿O hay algo más –no físico- que hace evolucionar el pensamiento y la conciencia? ¿Acaso hay evolución sin una causa aparente ni material? ¿Cómo se produce el enriquecimiento intelectual de la persona? ¿Está la diferencia entre el Homo sapiens y los animales en la cultura y la ciencia? Indudablemente hay una base genética que se enriquece con la educación y la cultura.

Quizás en un futuro cercano, por lo que se avizora y está demostrado -pese a la resistencia de creyentes y humanistas intransigentes-, la ciencia encuentre respuestas que no satisfagan al sentido común. Y a ellas tendremos que acostumbrarnos a sintonizar, con los oídos bien abiertos, adoptando esa posición sincera que los fanáticos no quieren asumir. En el plano doméstico, por fortuna, el gobierno del Presidente Moreno ha sido sensible al peso de la razón y optó por la vía del equilibrio, buscando la prosperidad general, sin descuidar el “reparto justo de la riqueza nacional”; dijo adiós al fracasado modelo dictatorial “castro-chavista”, para pesadilla de sus antiguos colegas “soñadores” comunistas; para tranquilidad de un pueblo ecuatoriano que no quiere dádivas y reclama trabajo para evolucionar con toda la libertad posible. Ese pueblo queda a la expectativa…


  ARRIBA

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