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Rehabilitación de delincuentes juveniles, una tarea complicada
 

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No importa su nombre. Tiene apenas 17 años y desde hace uno está recluido en el Centro de Internamiento de Adolescentes infractores Varones Nro. 4 de Machala, ubicado en la parroquia El Cambio, en el kilómetro 6 de la vía a Pasaje.

No está solo. Le acompañan 21 muchachos más -de 14 a 18 años, procedentes de Machala, Santa Rosa, Huaquillas y de Perú- que están aislados en el establecimiento, acusados de cometer distintos ilícitos: robos, asaltos a mano armada, tenencia de armas, drogas y hasta violaciones y homicidios.

En los últimos años la sociedad ecuatoriana contempla -atónita- cómo los menores han dado el salto a delitos muy serios y cómo se ha disparado la presencia de chicas entre los delincuentes juveniles, un hecho que no hace mucho era prácticamente anecdótico.

El Oro no es la excepción. Las páginas de Crónica Roja de los diarios locales recogen con demasiada frecuencia los actos delictivos perpetrados por niños y adolescentes.

En los últimos años, se ha registrado un notable incremento de los índices delincuenciales juveniles, explicó la directora del centro, Ana Palomino, una arenillense graduada en Trabajo Social en la universidad local.

Para sustentar su apreciación, la directiva, que está a punto de doctorarse en la especialidad, subrayó que en el pasado trienio el número de los menores que pasaban al año por el reformatorio se multiplicó por cuatro.

“Cuando asumí el cargo en 2004, fueron 130 y en 2007, la cifra ascendió a 535”, puntualizó, al tiempo que precisaba que la mayoría no supera los 90 días de estancia, tiempo en que se sustenta el proceso para determinar su culpabilidad.

Aquellos que han incurrido en un delito grave -como una violación o crimen- pueden permanecer hasta cuatro años internados, aunque se les aplica una rebaja de la pena -de dos por uno- si acreditan una buena conducta, matizó.

Al inquirirle sobre las causas que explican el alarmante fenómeno, común al resto de las ciudades del país y de la región, la funcionaria identificó factores de índole social y familiar.

Entre ellos, destacó el desamparo afectivo que sufren muchos menores orenses a causa de la emigración de sus progenitores, quedan al vaivén de las malas influencias y optan por refugiarse en las pandillas. “Les falta el apoyo de los padres. No tienen quién les ayude”, acota.

“La migración afecta muchísimo”, insiste, no sin antes incluir entre las razones la pobreza, la falta de trabajo, la interrupción abrupta de los estudios, la pérdida de valores y, especialmente, la disfuncionalidad de las familias que generan el desarraigo.

Con respecto a la posibilidad de la reeducación y reinserción social de los muchachos que han caído en las garras de la delincuencia, aseveró que sin la colaboración y la ayuda familiar la tarea se tornaría casi imposible.

Además, incidió en la importancia de que sea el propio menor el que asuma la determinación de reformarse. “Es el joven el que debe decidir cambiar. Si no lo desea, no acepta la realidad, no se sincera y no toma él la decisión, es improbable”, advirtió.

No obstante, expresó su beneplácito porque al menos las familias de cinco de los internos actuales están prestando un apoyo permanente que contribuirá a su rehabilitación.

Para el efecto, el centro cuenta con un equipo de profesionales, cuyo número se incrementó a raíz de la incorporación de los que laboraban en el Hogar María de la Paz que cerró el área destinado a las infractoras, que ahora son derivadas a Guayaquil.

El personal está conformado por dos licenciados en Ciencias de la Educación, que dictan clases de refuerzo educativo; un instructor de anualidades (sastrería); una auxiliar de enfermería; tres educadores inspectores, un trabajador social y un psicólogo.

Además, dispone de talleres ocupacionales de educación popular, agronomía, ebanistería, serigrafía, cerrajería y panadería, en los que colabora el Servicio Ecuatoriano de Capacitación Profesional (SECAP).

“Estamos gestionando un taller de computación”, informó la directora, quien cifró su esperanza de que el reciente traspaso de los 13 centros de internamiento existentes en el país del ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) al de Justicia y Derechos Humanos permita resolver los problemas que les aquejan.

A renglón seguido enumeró las principales necesidades que aquejan al que regenta, que abrió sus puertas hace ya 33 años, entre las que despuntan las deficiencias del sistema de agua potable, las inadecuadas instalaciones eléctricas, el obsoleto sistema de canalización, la falta de servicio telefónico y la ausencia de mantenimiento de las instalaciones, ubicadas en un amplia área de dos hectáreas de terreno.

“Esperamos que la intención saludable del presidente de la República, que dispuso el traslado al nuevo ministerio, sea materializada a través de las ayudas de todas las entidades públicas y privadas relacionadas con el tema”, dijo.

En este contexto, se lamentó de que las instituciones les han cerrado a menudo las puertas y les apremió, especialmente al municipio local y al Consejo Provincial, a dar una mayor apertura y prestar la ayuda requerida.

Finalmente, admitió la dificultad que entraña su labor, pero aclaró que haciéndola con amor y respeto se torna más fácil. “Intentamos que el centro funcione como un hogar, una familia. A veces hay problemas, pero tratamos de superarlos”, comentó, tras aclarar que para la corrección de los chicos no se apela nunca a los castigos de ningún tipo.

La metodología concuerda con la sugerencia del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia que, ante la cantidad de casos de delincuencia juvenil en América Latina, proclama que es mejor prevenir que reprimir. Las políticas de mano dura contra el problema han logrado solamente profesionalizar el crimen, apercibe el organismo.

Entre tanto, un grupo de internos seguía las explicaciones de la profesora en una de las aulas. La presencia del reportero gráfico de OPINIÓN causó el momentáneo malestar de uno de ellos. “No quiero fotos. Lo que quiero es salir ya de aquí”, manifestó mientras ocultaba su rostro.

El deseo del muchacho está, sin duda, plenamente justificado. La libertad es un anhelo común a todos los seres humanos, sea cual fuere su situación, admitió un o de los educadores...

 
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